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INCURABLE FIEBRE DE ORO
En un frío sótano, cinco pisos debajo de las calles Neoyorquinas, un guardia armado se detiene ante una puerta de acero de 90 toneladas. Hace girar una enorme rueda y la puerta se abre, dejando ver un muro de tres metros de altura que emite un fulgor amarillo.
!Oro! Solo en un compartimiento de la bóveda hay unos 107,000 lingotes, cada uno de entre 13 y 15 kilos de peso, y un valor comercial de alrededor de 153,000.00 dólares; en total, la friolera de 16,300 millones.
Este es uno de los 122 inexpugnables compartimientos de la bóveda del Banco de la Reserva Federal de New York. Unos 50 países depositan aquí sus reservas de oro para que estén seguras. En total, el banco custodia poco menos de 10,000 toneladas del precioso metal, con un valor aproximado de 117,000 millones de dólares.
En toda su historia, el hombre ha obtenido apenas unas 115,000 toneladas de oro, las cuales cabrían en un cubo de menos de 18 metros por lado. Como es un metal casi indestructible, conservamos como el 85% de esa cantidad. En el oro que se guarda en la bóveda neoyorquina bien pudiera estar el tesoro que Cristóbal Colon le llevo a Isabel la Católica, o las monedas acuñadas por el rey Creso siglos antes de Cristo.
“Allí podría estar también una pepita usada cuatro milenios antes de Cristo para comerciar en un puerto mediterráneo”. Dice Jhon Lucas en el 1992 Mineral Yearbook, anuario de la Oficina de Minas de los Estados Unidos. “El oro se ha reciclado sin cesar en todos los tiempos”, añade.
El Éxodo refiere que el Tabernáculo estaba adornado con este metal. El rey Salomón, cuyas expediciones comerciales a Ofir le daban a ganar cada año el oro equivalente a unos 250 millones de dólares de hoy, hizo dorar con el su trono de marfil y fabricar las copas en que bebía. Hacia 1350 a.C. cuando murió el faraón Tutankamon, su pueblo lo puso en un féretro de oro de 110 kilos, adornado con una monumental reproducción de su rostro, hecha de oro macizo.
En China, los campesinos jóvenes olvidan tradiciones ancestrales y dejan sus granjas con la esperanza de hacerse ricos en las minas auríferas de las provincias del oeste. En el Amazonas, los buscadores de oro soportan agotadoras jornadas en el calor sofocante por un poco de oro en polvo.
Cuando se remozo al Estatua de la Libertad para su centenario, en 1986, los artesanos revistieron la llama de la antorcha con casi 6000 hojas de oro batido. Para ello, los orfebres del taller de laminado de Bernard Dauvet, en Excenevex, Francia, convirtieron lingotes del tamaño de una caja de fósforos en cintas de 35 metros de largo, 5 centímetros de ancho y 25 milésimas de milímetro de grueso. Luego cortaron las tiras en cuadros y batieron estos hasta dejarlos tan finos como telarañas. Según Duvet, una pila de cien mil hojas mediría apenas un centímetro de altura.
Parte del oro del mundo se emplea en la industria electrónica. Su excepcional conductividad y su resistencia a la corrosión mejoran la calidad de televisores y computadoras.
El avión del Presidente Estadounidense, Air Force One, tiene deflectores con chapa de oro para confundir a los misiles detectores de calor. Los tripulantes de transbordadores espaciales llevan en la visera del casco una película transparente de este metal para protegerse de la radiación solar nociva.
La mayor parte del oro que circula en el mercado ordinario acaba convertido en joyas. Entre los mas grandes orfebres de la historia están los Etruscos, que florecieron en Italia central antes que los Romanos. Una de sus obras maestras, hecha hacia el año 480 a.C., es un dije que representa el rostro de un dios; la barba tiene un revestimiento de oro formado por gránulos microscópicos.
La belleza, utilidad y rareza del oro le han conferido un valor que ningún otro material ha alcanzado en el curso de los siglos. En 334 a.C., Alejandro Magno marcho sobre Persia con un ejercito de 35,000 hombres para despojarla de sus provisiones del metal. El oro del que Julio Cesar se apodero al conquistar las Galias le permitió transformar la faz de Europa.
En 1492, Cristóbal Colon vio el metal en La Española. Desde entonces y hasta un siglo después, los conquistadores no dejaron de embarcar fabulosos cargamentos de oro Americano para España. En consecuencia, la circulación de monedas de este metal aumento considerablemente en todos los países europeos.
El oro no tardo en volverse moneda de curso corriente en el mundo entero. Los comerciantes Ingleses del siglo XVII, que lo acumulaban en mayor cantidad de la que podían guardar sin riesgo en casa, comenzaron a entregar sus excedentes en custodia a los orfebres. Al poco tiempo se dieron cuenta de que era mas practico negociar con los recibos de los depósitos que andar cargando con talegos de monedas. Finalmente los orfebres, al ver que los recibos eran tan buenos como el oro, expidieron sus propios documentos para adquirir mercancías, con lo que surgió el concepto del papel moneda.
Fue así como los billetes de banco, respaldados por una reserva de oro bien guardada, se volvieron moneda de curso legal. El inconveniente de este sistema era que, si un gobierno necesitaba dinero, antes de imprimir mas billetes debía aumentar sus reservas de oro.
Todavía queda oro en la tierra. Buena parte de el se localiza en Sudáfrica, país que posee alrededor de 45 % de los yacimientos auríferos mundiales (cuyo total se calcula en 75,000 toneladas) y que aporta alrededor de un tercio de la producción de oro del mundo occidental. El yacimiento mas abundante de Sudáfrica es el de Witwaters_rand, filón en forma de herradura situado al este de Johannesburgo. No obstante, explotarlo representa una de las mayores proezas de la minería. Los trabajadores deben bajar hasta tres kilómetros para llegar al mineral aurífero. A esta profundidad, la temperatura de la roca alcanza los 50 grados centígrados. Algunos túneles son tan estrechos que hay que recorrerlos a gatas. Para obtener 30 gramos de oro es necesario procesar unas seis toneladas de mineral.
En una mina aurífera de la empresa Newmont Mining en Nevada, los trabajadores extraen toneladas de mena en una excavación de 300 metros de profundidad y casi 2.5 kilómetros de largo, hecha a cielo abierto. Entonces entran en acción los mineros mas pequeños del mundo: bacterias de la especie Thiobacillus ferrooxidans, que se comen los compuestos de azufre, como la pirita, que suelen hallarse mezclados con el oro. Una vez que quedan satisfechas, el metal se sigue procesando por los métodos acostumbrados.
? A donde ira a parar? Quizás recorrerá el espacio exterior en un satélite, o formara parte de las 35,000 toneladas depositadas en los bancos centrales del mundo, pues, aunque ya no es común que un país lo utilice para respaldar su moneda, muchos lo mantienen en sus reservas.
“En la practica seguimos regidos por el patrón oro”, señala John Lutley, especialista en metales preciosos del Instituto del Oro, en Washington, D.C. “Cuando los mercados de divisas se desestabilizan, los inversionistas convierten sus valores en oro por seguridad”.
A principios de los años 60 del siglo pasado, el gobierno de los Estados Unidos tuvo que pedir prestado a los bancos para financiar sus campañas de la Guerra de Secesión. Los banqueros al ver mermar sus reservas de oro, temieron que, si ganaban los estados del sur, el gobierno no quedara en condiciones de pagarles. Como medida de emergencia, el Secretario del Tesoro, Salomón Chase, imprimió unos billetes respaldados tan solo por la promesa del gobierno de pagar la suma especificada. Fue así como Estados Unidos se aparto del patrón del oro, y su gobierno empezo a imprimir dinero a voluntad.
En 1879 el gobierno estadounidense volvió a respaldar la moneda con oro y, salvo durante un breve periodo en los años 30 de este siglo, siguió usando alguna clase de patrón oro hasta 1971, año en que volvió a abandonarlo.
La consiguiente crisis de inflación, inestabilidad monetaria y fluctuaciones de las tasas de interés demuestra lo que ocurre cuando una moneda pierde el sostén. “A lo largo de la historia el oro ha sido la vara con que el pueblo mide los recursos del gobierno’, dice el economista Jude Wanniski, y añade que, si el dólar estadounidense estuviera vinculado con el oro, ofrecería mas seguridad a los inversionistas, lo que permitiría al gobierno refinanciar la deuda nacional a bajas tasas de interés.
El presidente del consejo de la Reserva Federal estadounidense, Alan Greenspan, cree que el patrón oro ya no es eficaz en nuestros días, pero muchos economistas no están de acuerdo con el. “Respaldar la moneda con oro ha demostrado ser el único método estable para determinar el valor de los bienes”, explica el economista francés Paul Fabra. “Hasta la fecha no se ha ideado ningún sustitutivo satisfactorio”.
Por irónico que parezca, la disciplina del patrón oro es la causa de que algunos políticos se opongan a adoptarlo. Sin el control que representa, los gobernantes pueden emprender guerras, inflar las nominas del Estado y expandir la burocracia con solo imprimir mas dinero. No se puede imprimir oro.
Las palabras del gran poeta Alemán Goethe parecen tan ciertas hoy como lo fueron cuando las escribió, hace casi dos siglos: “Todo depende del oro”.
Por Joseph Harris
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